La primera: el Ovsicori-UNA, en colaboración con EarthScope, instaló la primera estación sísmica permanente en la Isla del Coco, un sensor GNSS de alta precisión capaz de monitorear el movimiento de las placas del Pacífico con detalle milimétrico. La segunda: investigadores de la UCR, junto con la Universidad Nacional de Córdoba, detectaron el virus de la Hepatitis E en las aguas residuales de la Gran Área Metropolitana, a partir de muestras tomadas a lo largo de 2025.
A simple vista, una es geofísica y la otra es salud pública. En realidad, son la misma cosa: un sistema que aprende a verse a sí mismo antes de que el daño sea irreversible.
La ciencia como sistema sensorial del país
Vale la pena nombrar el hilo común, porque es el argumento entero. La estación de la Isla del Coco no predice terremotos, pero acorta los segundos entre un evento y la alerta de tsunami: segundos que son vidas. El análisis de aguas residuales no cura la Hepatitis E, pero revela que el patógeno ya circula de forma silenciosa antes de que aparezca el primer brote clínico. En ambos casos, lo que la ciencia aporta no es la solución del desastre, sino su anticipación.
Esto conecta directamente con la lectura sistémica que hemos venido sosteniendo. Un país que se acerca a umbrales de bifurcación —donde las crisis se acoplan y se aceleran— no se salva por tener más recursos, sino por detectar las señales a tiempo. La capacidad de anticipación es, literalmente, el aparato sensorial de un sistema complejo.
La ciencia pública es ese aparato sensorial. No es un adorno del desarrollo: es el órgano con el que el país detecta el peligro mientras todavía es barato evitarlo.
UCR / Universidad Nacional de Córdoba: detección de Hepatitis E (genotipo 3) en aguas residuales de la GAM, muestras mar–sep 2025 — indicador de deterioro del saneamiento ambiental, exige vigilancia epidemiológica inmediata.
El órgano que se está desfinanciando
Aquí aparece la paradoja que da título a este anexo. Esa capacidad de ver no es gratuita ni espontánea: la sostiene, en Costa Rica, el Fondo Especial para la Educación Superior (FEES), el mecanismo que el artículo 85 de la Constitución obliga al Estado a garantizar para las universidades públicas. Las estaciones sísmicas, los laboratorios de virología, las horas de investigación que produjeron las dos noticias de esta quincena salen de ahí.
Y ese fondo atraviesa su momento más tenso en años. El 21 de abril de 2026 el Gobierno dio por cerradas las negociaciones del FEES y trasladó la decisión al Congreso, tras un choque con los rectores: las universidades defendían un incremento cercano al 3% por inflación y demanda estudiantil, mientras el Ejecutivo proponía congelar el presupuesto.
/ PIB · 2023
/ PIB · 2025
2026
2019 – 2024
Dicho de otro modo: mientras los titulares celebran el "blindaje" macroeconómico certificado por el FMI, el país está recortando, en términos reales, el presupuesto del órgano con el que detecta sus propios riesgos. Estamos apagando los sensores justo cuando la Organización Meteorológica Mundial anuncia la tormenta —ese 80% de probabilidad de un "El Niño" extremo para 2027—.
La trampa del corto plazo
¿Por qué es tan fácil recortar la ciencia? Porque su retorno es invisible. El éxito de la vigilancia epidemiológica es el brote que no ocurrió; el de la red sísmica, la alerta que llegó a tiempo. Nadie agradece el desastre que no sucedió, y por eso ningún político cosecha votos por financiar lo que previene catástrofes que el electorado nunca llegará a ver.
Esa es la lógica del corto plazo aplicada a su forma más costosa. Lo que no se mide se subvalora, y lo que se subvalora se recorta primero. Pero la ciencia tiene tiempos de maduración largos: una capacidad de investigación que se desmantela no se reconstruye con el presupuesto del año siguiente. Se pierden equipos, se van investigadores, se interrumpen series de datos que tardaron décadas en levantarse.
Todas las ramas, no solo las que se ven
Conviene una precisión final, porque la defensa de la ciencia suele encogerse hasta caber únicamente en lo aplicado y lo tecnológico: el sensor, la vacuna, el satélite. Esos son los frutos visibles. Pero la capacidad de un país para entenderse a sí mismo no se agota en medir; necesita también interpretar.
Las dos noticias de la quincena lo muestran si se las mira completas. La estación sísmica detecta el movimiento de la placa, pero entender por qué la basura tapó el alcantarillado de Liberia —por qué una lluvia moderada se volvió desastre— es una pregunta de gestión, de cultura, de organización social. El laboratorio detecta el virus en las aguas, pero comprender por qué 63.000 mujeres salieron de la fuerza laboral, o por qué la polarización bloquea las reformas urgentes, exige las ciencias sociales y las humanidades tanto como la microbiología exige sus reactivos.
Un país que solo financia los sensores y desfinancia la interpretación termina con muchos datos y poca comprensión: sabe que algo se mueve, pero no por qué, ni qué hacer. La producción de conocimiento es un sistema único y complementario —geofísica y antropología, virología y economía, ingeniería y filosofía— porque los problemas reales nunca llegan separados por disciplina. Llegan acoplados, como las crisis de esta quincena. Y solo un aparato de conocimiento igualmente amplio puede leerlos.
La inversión más barata que tenemos
La estación de la Isla del Coco y la alerta de la Hepatitis E son recordatorios de algo que el debate presupuestario tiende a olvidar: la ciencia pública es la herramienta estatal más costo-efectiva para anticipar desastres y proteger la vida. No compite con la seguridad ni con la salud por el presupuesto; es la condición que hace que ese presupuesto se gaste con los ojos abiertos.
En un país que se acerca a umbrales irreversibles, sostener la capacidad científica —en todas sus ramas, a través del FEES— no es un gasto cultural ni un lujo de tiempos prósperos. Es el seguro más barato contra cruzar el umbral sin haberlo visto venir. Apagar los sensores para ahorrar unos colones, justo antes de la tormenta, es la peor economía imaginable.
Lo que no se valora, se pierde. Y lo que perdemos esta vez no es solo dinero: es la capacidad de ver.
Anexo elaborado bajo el marco de la Antropología Dinámica del Devenir (ADD) y la Matriz Explicacionista de Evaluación Epistémica (MEEE-G), de A. Montero Fonseca. Antropos — antropos.app