I. La izquierda como productora de memoria
Hay una historia que Costa Rica no se ha contado bien a sí misma, y es la historia de quiénes la contaron primero. Cuando el Estado todavía no tenía palabras para los de abajo —para el jornalero, el peón cafetalero, el campesino que perdió la tierra— hubo escritores, artistas y militantes de izquierda que sí las tuvieron. No como acto de caridad intelectual, sino como consecuencia directa de una mirada política que ponía en el centro lo que la historia oficial dejaba en los márgenes.
Fabián Dobles es quizás el ejemplo más claro de esa tradición en la literatura costarricense. Ingresó al Partido Comunista Costarricense en 1943, el mismo año en que esa organización se alió con el gobierno de Calderón Guardia para impulsar las Garantías Sociales y el Código de Trabajo. No era una contradicción: era coherencia. Quien había novelado el despojo de los campesinos de sus tierras no podía sino estar donde se estaba construyendo el primer piso de protección para quienes trabajaban tierra ajena. Dobles trabajó en la Caja Costarricense de Seguro Social y enseñó en la Escuela de Servicio Social de la UCR. Su literatura y su política eran el mismo proyecto.
En El sitio de las abras (1950), Dobles trata lo que sus propios biógrafos llaman «su tema más recurrente: el despojo de las tierras a los campesinos». Es una novela que nombra un proceso que la historiografía académica tardó décadas en documentar sistemáticamente. Cuando Lowell Gudmundson publicó su estudio sobre la formación de clase en la economía cafetalera costarricense —demostrando que el 62% de los hombres en Santo Domingo ya eran jornaleros o peones en 1927—, Dobles llevaba años escribiendo sobre ese mundo desde adentro. La literatura de izquierda fue archivo antes de que hubiera archivo.
En Costa Rica, esa tradición existe, aunque con frecuencia se la mencione de paso, como dato biográfico menor, en vez de reconocerla como lo que fue: una labor sistemática de construcción de memoria. Que los comunistas costarricenses fueran perseguidos tras la Guerra Civil de 1948, y que figuras como Dobles hayan tardado décadas en recibir reconocimiento institucional pleno —fue declarado Benemérito de las Letras Patrias en 2023, setenta y tres años después de publicar El sitio de las abras— no es un dato menor. Es parte de la misma historia. La memoria que incomoda se administra: se demora, se folkloriza, se neutraliza.
II. El mito de la democracia de pequeños propietarios y lo que oculta
Costa Rica construyó sobre sí misma un relato fundacional poderoso: el país de los pequeños propietarios, la democracia rural, la igualdad cafetalera. Es un mito con base real —hubo efectivamente una distribución más amplia de la tierra que en otros países centroamericanos— pero con una trampa: congela en el pasado una condición que ya estaba erosionándose cuando el mito se estabilizó como identidad nacional.
Lo que la historia oral recoge —y lo que Gudmundson documenta con cifras— es que ese proceso de erosión fue profundo y temprano. Para 1927, la mayoría de los hombres en zonas cafetaleras del Valle Central no tenía tierra propia. No eran pequeños propietarios: eran jornaleros. Carlos Magno Villalobos, vecino de San Francisco de Santo Domingo, lo dice con una sencillez que vale más que cualquier estadística: empezó a trabajar en fincas ajenas a los trece años. Su padre intentó comprar tierra y no pudo. El sueño de la propiedad no se realizó para él ni para la mayoría de su generación.
Esta no es la memoria de una pobreza de siempre. Es la memoria de una libertad perdida. La distinción importa.
El mito de la democracia de pequeños propietarios no solo es una simplificación histórica. Es también una operación política: borra la conflictividad, hace invisible la desposesión, y convierte en rasgo cultural permanente lo que fue el resultado de un proceso de concentración. Una sociedad que se cree igualitaria por naturaleza no necesita cuestionarse por qué algunos tienen tierra y otros trabajan la tierra ajena.
La izquierda fue la que nombró esa contradicción en el momento en que ocurría. No retrospectivamente, desde la academia, sino en el calor del proceso. Las luchas por el Código de Trabajo, por la organización sindical en los bananales, por las Garantías Sociales, fueron también luchas por hacer visible lo que el relato oficial prefería no ver. Y cuando Dobles escribía sobre campesinos despojados, no estaba haciendo ficción histórica: estaba haciendo política cultural en tiempo real.
III. El testigo pasa el testigo: tres generaciones de una misma labor
Hay una continuidad que el trabajo de campo en San Isidro de Heredia permite ver con claridad, y que va más allá de la figura individual de Fabián Dobles.
Dobles llegó a San Isidro en 1979 y bautizó su finca con el nombre de la novela que había escrito casi treinta años antes. Ese gesto cierra un ciclo: el escritor que noveló el despojo campesino en el Valle Central eligió vivir en el territorio donde ese proceso ocurrió, cultivando aguacates y cítricos en una pequeña propiedad. No es nostalgia ni símbolo vacío. Es la coherencia de alguien que nunca separó la vida del argumento.
Su hija Cecilia Dobles Trejos se convirtió en antropóloga y trabajó desde la Universidad Nacional de Heredia en la investigación que le valió a Costa Rica la declaración UNESCO del boyeo y la carreta como Obra Maestra del Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad (2005). El boyeo y la carreta son exactamente la cultura material del pequeño productor campesino que el padre noveló: el instrumento de trabajo de quienes todavía tenían tierra, o de quienes la trabajaban para otros. Cecilia no recuperó el patrimonio de las élites. Recuperó el patrimonio de los mismos de abajo que su padre había puesto en el centro de su literatura.
Hay en esto una lección sobre la memoria como práctica política. La memoria no se preserva sola. Requiere actores que tengan razones para mirar hacia atrás y hacia abajo al mismo tiempo: hacia los que estuvieron antes y hacia los que estuvieron al margen. La izquierda costarricense del siglo XX tuvo esas razones y las convirtió en cultura. La antropología participativa del siglo XXI las recoge y las continúa.
La noción de «ser de cepa» —que aparece en las conversaciones con vecinos del cantón— es la huella cultural de todo este proceso. Quienes permanecieron en el territorio cuando cambiaron las condiciones de acceso a la tierra, y se convirtieron en jornaleros o artesanos en el mismo lugar donde sus padres habían sido propietarios, son quienes hoy se identifican como «de cepa». El pueblo-dormitorio moderno es la continuación de esa historia: primero se perdió la tierra, luego se perdió el trabajo local. La raíz del desarraigo es la misma.
El sitio de las abras no es solo el título de una novela ni el nombre de una finca. Es, en cierto sentido, el nombre de este proyecto.
Esta reflexión surge del trabajo de campo del proyecto «De la Gran Toyopán al Presente: Reconstrucción Participativa y Documental de la Historia del Cantón de San Isidro de Heredia», desarrollado en alianza con la Unión Cantonal de Asociaciones de Desarrollo de San Isidro (UCASI). Las voces de Carlos Magno Villalobos y Primo Fonseca provienen de entrevistas de historia oral realizadas en el marco del proyecto. Los datos históricos sobre Fabián Dobles son resultado de una compilación documental elaborada ad hoc. La referencia a Gudmundson es: Gudmundson, L. (1986). Campesino, granjero, proletario: Formación de clase en una economía cafetalera de pequeños propietarios, 1850-1950. Revista de Historia (Costa Rica).